jueves, diciembre 14, 2006

Tullidos S.A.

Ya lo sé: soy muy perro para actualizar el blog. Pero bueno, al fin escribo. El lunes por la noche aterricé en las Españas después de 20 horas de vuelos, retrasos y cambios extraños de avión, pero todo eso ya es historia porque nadie me va a privar de unas buenas navidades hogareñas. Nada más llegar, me enteré de la muerte de alguien que nunca va a ser ya juzgado por los delitos que cometió en vida. Ayer de madrugada supe también de la muerte de Loyola de Palacio, una de las personas que pronunció hace unos años una de mis frases favoritas: “Lo que tiene que hacer Fidel Castro es morirse”. Lamentablemente, el dinosaurio sigue vivo y Loyola no se va a dar el gustazo de ver a Fidel muerto, como tampoco pudo hacerlo un Cabrera Infante que murió en Londres sin poder volver a su Cuba natal. Sí, ya sabemos, Cabrera Infante era un gusano, y todas esas cosas que dicen los niños bien que disfrutan del capitalismo mientras levantan el puño izquierdo... En cualquier caso, seguiré deseando la muerte de Fidel sin ningún pudor, ya sea desde mi cueva de Kabul o desde mi refugio antiaéreo en el sur de España.

Poco puedo contar, la verdad. Llevo tres días muy centrado en comer y beber, así que mi vida social se reduce a cero. Hoy he hecho propósito de salir a la calle para poder hablar con algún ser vivo (si es humano, mejor) y así informarme un poco de lo que se cuece por aquí. Creo que ahora que llegamos a final de año es el mejor momento para actualizar mi listado de tullidos locales, una de las pocas curiosas que hay en mi pueblo. Aunque desde el 2005 no he incluido ningún nombre nuevo, sé que con tirar un poco de la manta tendré acceso a los nombres de los nuevos practicantes del deporte del tullidismo subvencionado. Cerca de donde vivo, por ejemplo, y sin ánimo de ser exhaustivo, puedo nombrar:

- El chaval Francis, de quien ya hablé las navidades pasadas. El hombre se hostió con la moto mientras iba a por hachís a un barrio marginal de la capital, pero un avispado leguleyo le hizo ganar un sueldecito de por vida en virtud de que “iba a comprar un pollo y estaba todavía en horario laboral”. El bueno de Francis se ha quedado un poco lento de reflejos, la verdad, pero demostró rápido su puntería al preñar a su novia un mes después de empezar a salir con ella. Ahora la pareja vive con la familia de él (totum revolutum) y Francis ya es papá de una bonita niña con nombre de telenovela latinoamericana.

- Un poco más arriba de la calle hay un chico que fue a la mili, llegó, vio, le pusieron una inyección, le jodieron los nervios de un brazo, y volvió (con su paga asegurada de por vida, claro). Por cierto, me dicen que la novia lo ha dejado para irse con el dueño de un pub. ¿Por qué ligan tanto los dueños de los pubs?

- El que era cuñado de este hombre también se vino rápido de la mili porque pilló la hepatitis (no me pregunten la letra, señores) que, como es de rigor, transmitió a su novia nada más volver a nuestra venerable polis/ciudad-Estado. Creo que chupó algunos meses de subsidio pero supongo que estará trabajando ahora, muy a su pesar, aunque me consta que se esfuerza para que su rodilla reviente de una vez y así trincar un sueldecito de esos como los de Nescafé.

- Enfrente de casa, una señora se cansó de trabajar en la tienda y decidió sobornar al médico de aquí para que la declarar inválida por unos problemas de espalda (como diría Mr. T, “ahora estoy un poco pachucho de la espalda, y eso”). Creo que aún no está en el club de los tullidos porque el médico se enfadó por ella por alguna cosa. Revisaré cómo está el tema.

- Y ya lejos de casa (es decir, a medio kilómetro) vive un conocido mío que tuvo un accidente de moto por culpa de una mujer que no hizo bien un cruce. La putada es que el chaval iba sin casco, para-qué-si-no-me-va-a-pasar-nada. Su familia recibió una buena pasta después del juicio, y digo “su familia” porque todo el dinero se lo ha ventilado la madre en joyas y abrigos de visón, y ni siquiera se han molestado en hacer reformas en la casa para que el chico se pueda desplazar mejor. Pues nada. Que siga la fiesta.

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miércoles, septiembre 27, 2006

Mis escasas actividades de ocio

Soy de esos capullos que, cuando viven en un pueblo o en una ciudad pequeña, siempre están quejándose por la falta de alternativas de ocio. Pero es que cuando se trasladan a una ciudad más o menos grande siguen haciendo la misma rutina: ir a dos o tres sitios para comer, al mismo pub de siempre para la dosis semanal de alcohol, y poco más. Vamos: una paletada. Llevo ya un tiempo viviendo en una ciudad con varios millones de personas y, tras el subidón de adrenalina inicial, no he hecho sino reproducir los viejos patrones arbustianos: un sitio (cutre) donde cenar el jueves, otro sitio (normalito) donde comer los sábados, y algún lugar improvisado para la cena de los domingos que tanta pereza me da cocinar. Los sábados voy a un restaurante japonés en el que te ceban por poco dinero (eso de que japonés equivale a minimalismo y precios caros es una bola que han metido a los españoles) pero, por desgracia, no soy el único con hábitos fijos. En las tres últimas semanas siempre me encuentro a una pareja de hippies venidos a menos (él, más guarro, intenta mantener el “estilo”) acompañados de seis o siete chavales más o menos bulliciosos. Mucho buen rollo y mucha igualdad, pienso yo, pero el cerdupio ése le ha cascado seis embarazos a la señora sin pudor alguno (se nota que no es él el que los tuvo que parir).

Dejando de lado el espinoso tema “te dejo embarazada mientras reposas del parto”, lo que más me jode de esta gentecilla es que imponen, muy claramente, la vestimenta a los niños. Muy triste es el caso de un chaval de unos ocho o nueve años al que ya he cazado dos veces con camisetas con la hoz y el martillo comunista. ¿Por qué cojones visten al niño con camisetas de la Unión Soviética, si se puede saber? Supongo que al capullo del padre le hará mucha gracia la cosa, y a lo mejor hasta lo envía, cuando el niño tenga 15 años, a unos de esos “campos de trabajo” de Cuba para que se pase un mes respirando pintura y barniz tóxicos mientras arregla una escuelita de las que se caen a pedazos en el país del amigo Fidel. Eso sí, el niño ya tiene su iPod.

Podría decirse que mi ocio semanal empieza y acaba en el citado restaurante japonés. Y es que llevo meses sin ir al cine, y además este año me he perdido el festival que organizan aquí a principios de septiembre. Un colega del consulado sí que ha estado por allí, gorroneando cócteles oficiales como un cabrón (ese lugar me correspondía a mí, la verdad) y ha sido muy claro respecto de las películas españolas que se han presentado: “una mierda, chico, una puta mierda introspectiva”. Lo que también me ha dicho es que ha tenido la oportunidad de conocer a varias personas del ministerio de Cultura, entre ellas una mujer cuya única función, según ella, es acompañar a Almodóvar a cualquier lugar y ofrecer el “apoyo económico” (léase, tarjeta de crédito sin límites) que necesite puntualmente. A cambio, claro está, de declarar orbe et urbi las bondades del actual gobierno. La verdad es que este tipo de chanchullos no me sorprende, pero sí que me asombro todavía ante la zafiedad de la individua en cuestión, quien no parece tener vergüenza alguna en declarar cómo se gasta el dinero público.

Intentaré ir al cine si es que hay alguna película este viernes, en cualquier caso. O quizá me pille algún dvd, ya se verá. Lo que sí que no haré para pasar el tiempo es ponerme rollo bricomanía, porque a mí 1) No me entretiene; 2) No me relaja; 3) Me hace quedar como un cetrunio. Baste, como doloroso botón de muestra, la sencillísima estantería que intenté montar ayer, y que parecía más un boceto de Juan Gris (rollo cubismo sintético) que un artilugio de cierta utilidad para la vida diaria.

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