jueves, diciembre 21, 2006

Encuentro con JRJ

Llegué a la Residencia de Estudiantes a las tres de la tarde. Sin tiempo que perder, me acerqué al primer panel con materiales de JRJ, un panel situado en el pasillo principal del edificio. Empecé a mirar las primeras fotografías y fue entonces cuando una ruidosa puerta se abrió a unos pocos metros de mí. Dos paletos cruzaron el pasillo hablando en voz alta; a los pocos segundos, tres chicas abrieron otra vez la maldita puerta, y saltaron como burras sobre el suelo de madera, que crujía a cada zancada de las damas; un minuto después, otros seis o siete energúmenos irrumpieron mientras gritaban algo así como “¡que ya toca comer, ya toca!”. Fue entonces cuando comprendí la crueldad de mi destino: a las tres de la tarde, una marea de funcionarios del CSIC (la Residencia está dentro de su edificio) bajaban por unas escaleras y desembocaban, curiosamente, en el mismo pasillo en el que yo estaba. De todos los minutos que tiene el día, tuve que acercarme a la exposición en ese maldito momento de “hora de comer”. Un poco nervioso, quizá contagiado por el espíritu torremarfilista de JRJ, decidí abandonar la exposición y sentarme en una silla, para esperar a que la panda de animales despejara el pasillo. La cosa llevó más de quince minutos, en interminable goteo de inútiles que ignoraban que, cuando se cruza una exposición o un museo, hay que hacerlo con el menor ruido posible.

Libre por fin de la ignorancia de la masa, pude reemprender mi encuentro con el legado personal de JRJ: una traducción francesa de Nietzsche (concretamente, Humain, trop humain), cartas que recibió de Ortega, su certificado de boda con Zenobia (en la iglesia St. Stephen’s de Nueva York, “bajo el rito católico”), el saqueo que unos fascistas hicieron de su casa en Madrid… En cualquier caso, no creo que sea este mísero blog arbustiano el lugar adecuado para un detallado recuento de lo que observé ayer. Por supuesto, me compré el catálogo de la exposición (los 50 euros mejor invertidos en mucho tiempo) y ahora disfruto del libro hoja por hoja, en un recorrido que nunca debiera acabar. De entre los muchos documentos reproducidos en el volumen, siento especial predilección por una carta que un joven Miguel Hernández (21 años por entonces) escribió a JRJ en 1931:


Venerado poeta:

Sólo conozco a usted por su Segunda antología, que – créalo – ya he leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones. ¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro? Donde son mejores: en la soledad, a plena naturaleza, y en la silenciosa, misteriosa, llorosa hora del crepúsculo, yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos de esquilas.

No le extrañe lo que le digo, admirado maestro; es que soy pastor […] Soy pastor de cabras desde mi niñez. Y estoy contento con serlo, porque habiendo nacido en casa pobre, pudo mi padre darme otro oficio y me dio éste que fue de dioses paganos y héroes bíblicos…

[Orihuela, noviembre de 1931]


Pocos años después, Miguel Hernández compuso uno de los sonetos más sublimes en la historia de la lengua española.

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